martes, 11 de mayo de 2010

Vuelos

Y murió, dejó caer su última esperanza con ese check in que nunca hizo, ese pasaje que sacó y que nunca hizo valer.
Trató de olvidarse de Josefina, su amiga incondicional pero no pudo.
Las noches se hacían eternas reflejadas en aquel resplandor que caía sobre su ventana.
Vueltas y vueltas daba en la cama al igual que ese pensamiento que rondaba por su cabeza.
Se levantó, sintió el piso frío de porcelana en sus pies, caminó hasta la heladera en busca de otra solución que no sea tomar ese avión pero no la encontró.
En cada amanecer él sentía que todos los días iban a ser domingos ocho de la noche, tristes, fríos. Domingos enteros que se consumían viendo despegar ilusiones desde la avenida de la costanera.
Un sabor amargo como el mate, que se sentía en la brisa que recorría sus espaldas en dirección opuesta al río. Ese río marrón que se lleva una infancia plagada de recuerdos junto a aquel vuelo que nunca más volverá. Brisa amarga que hace notar las lágrimas en ese rostro desconocido que no pierde esperanzas y que nunca las perderá porque él bien sabe que algún día tendrá en sus labios ese sabor dulce de Josefina en su boca, ese sabor que endulzaba sus mates en cada mañana en los campos de frutillares que su padre tenía en Villa la Angostura a kilómetros del aeropuerto de San Martín de los Andes.

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